¿Cómo reconocemos un vino manipulado en bodega? Es cada vez más frecuente encontrar vinos que aparentemente parecen “buenos”, agradables y (¡cuidado!, no siempre) con precios atractivos que, sin embargo, han sido construidos en laboratorio utilizando prácticas totalmente legales para complacer los gustos de los consumidores o, aún peor, para esconder defectos derivados de la mala calidad de la materia prima utilizada. Vamos a ver cuáles pueden ser los indicios más evidentes que nos pueden ayudar a reconocerlos y, por supuesto, evitarlos.
¿Por qué se manipulan los vinos?
Está claro que ningún productor de vino nos indicará en la etiqueta el utilizo de unas cuantas estratagemas para que el vino guste a la mayoría de la gente, más aún si esto cambia radicalmente sus características originales. Entonces, ¿por qué se hace? Normalmente, el vino se suele manipular en bodega cuando la materia prima de la que se parte no es buena o el vino obtenido no tiene las características deseadas. El uso de chips de madera para que parezca que ha realizado crianza, la adición de goma arábiga para otorgarle suavidad y cuerpo, el uso de levaduras seleccionadas que aportan aromas totalmente ajenos al vino o el añadido de taninos para que parezca más elegante son solo algunas de las prácticas más frecuentes y, por supuesto, legales. Sin embargo, muchas veces se usan para convertir un producto imbebible en una botella de vino (que, ojo, no siempre vas a encontrarte en la sección de vinos baratos).
Primer indicio: aromas demasiado “perfectos”
Cuando olemos el vino y detectamos unos aromas muy estandardizados y perfectos, tenemos que empezar a pensar. Si nos encontramos con olores que no varían nada de un vino a otro (como puede ocurrir con una vainilla que siempre es igual en determinados vinos o con la fruta madurada, casi caramelizada, en los tintos) es posible que se hayan añadido de forma artificial. Suelen ser aromas muy potentes y llamativos, casi innaturales. Sucede con frecuencia en los vinos blancos. Una manera de añadir este tipo de aromas artificiales es mediante el uso de chips de madera, que simulan la crianza en barrica, o haciendo uso de levaduras seleccionadas que otorgan aromas potentes y ajenos al vino. Son prácticas legales que nos esconden la verdadera naturaleza del vino que tenemos en frente.
Segundo indicio: vino casi dulce
Otro indicio es la sensación en boca de dulzura. Por ejemplo, si nos encontramos frente a un vino que se declara seco y que, además, está hecho con variedades que dan vinos secos y tánicos, como pueden ser la Sangiovese o la Nebbiolo, debe extrañarnos sobremanera que notemos un dulce pronunciado a la hora de la cata. En estos casos en los que nos encontramos con vinos inexplicablemente suaves, dulces y fáciles cabe la posibilidad de que se hayan usado técnicas para resaltar estas características escondiendo, a su vez, parte de la acidez del producto. Esto se suele hacer añadiendo mostos concentrados o forzando fermentaciones malolácticas. Recordemos que se trata de prácticas que, pese a ser completamente legales, nos están maquillando el producto final de forma artificial.
Tercer indicio: color anómalo
Cuando vemos que todas las añadas de una etiqueta salen siempre con el mismo color, o cuando el vino tiene una intensidad sospechosa e impropia de la variedad (por ejemplo, un Pinot Noir sin sus típicas transparencias) o la edad del vino que estamos bebiendo, es posible que se haya trabajado en laboratorio para manipular el color. Se hace a través de la concentración, de microoxigenaciones o de extracciones excesivas durante el proceso de maceración. Entonces, un color demasiado estable, perfecto y, sobre todo, que se aleja a los estándares de la variedad o de la añada, tiene que despertar muchas dudas.
Cuarto indicio: nariz potente y boca nula
Un vino que ha sido manipulado suele expresar una nariz muy llamativa, apagándose, pero, en boca. Las sensaciones olfativas son exageradamente explosivas. En boca, sin embargo, el vino resulta insulso, sin cuerpo y, sobre todo después del trago, no ofrece ninguna persistencia, es totalmente corto. Suele tratarse de vinos fabricados para gustar inmediatamente, en cuanto los olemos, pero que no tienen nada de estructura y decepcionan en boca. Es un indicador muy común.
Quinto indicio: el vino no cambia nunca
Cuando vemos que el vino no cambia nunca en nuestra copa, tendríamos que sospechar que algo se ha hecho para modificarlo artificialmente. Son vinos que presentan una monotonía sorprendente desde principio a fin de la cata. No tienen evolución en contacto con el aire, no respiran, no se abren y no consiguen complejidad: es como si los hubiesen estabilizado de manera invasiva. Este tipo de intervenciones nos garantizan un producto constante y sin defectos, pero a cambio perdemos una de las grandes cualidades del buen vino: la capacidad de evolucionar tanto en botella como en la propia copa.
Conclusiones
Cabe destacar que con estas observaciones no queremos demonizar ningún productor de vino ni el uso de tecnología en bodega, que, por supuesto, es necesaria para que tengamos buenos vinos. Como siempre, tenemos que ser capaces de valorizar a quien utiliza los medios técnicos y químicos para dar valor a su materia prima, interviniendo lo menos posible, y quien, de lo contrario, lo hace para engañar, presentándonos productos que no tienen nada que ver con su verdadero origen, escondiendo defectos y pidiendo a menudo precios más altos del valor real del vino. Es la cuestión de siempre: ¿queremos vinos auténticos, artesanales y elaborados de manera lo más natural posible o vinos industriales, siempre iguales, sin sorpresas y muy manipulados?






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